miércoles, 24 de septiembre de 2008

La nostalgia duele

La nostalgia duele, y se transforma en dolor físico; duele en los huesos; literalmente, en los huesos...
Mi cuerpo tiene partes más sensibles por épocas. Antes era el estómago: gastritis, descomposición, retortijones eran mis compañeros en las penas. Después era la espalda: el cuello, la cintura, las caderas no me dejaban en paz. Ahora mi punto débil son las articulaciones de las manos. La ausencia se ha localizado en los nudillos, y duele y quema, sin descanso.
Estos días han sido difíciles. He sentido un gran hueco en el corazón que no se llena con nada. No lloro; salgo al jardín, remuevo la tierra, siembro plantas nuevas; coso para ver que de mis manos sale algo nuevo; leo; trato de mantener mi mente y mi cuerpo en actividad permanente; me ocupo en cosas que me gustan...
Pero hay momentos en los que el mundo se me cae encima.
Los fines de semana son difíciles de soportar. No soy una persona de muchos rituales, pero el fin de semana, casi invariablemente, compartíamos en familia: una comida, un paseo, conversación, cafecito. Bernardo se quedaba a dormir aquí, salíamos a corretear con las perras -"
mis hermanas", conversábamos, jugábamos... Ahora los fines de semana son laaaargos, a veces no terminan nunca.
Y hablo conmigo misma y me doy montones de razones que me consuelen: "
es una nueva experiencia; son nuevos retos que mejorarán su vida; nuevos aires, nuevas culturas que los enriquecerán; se necesitarán más mutuamente y aprenderán a convivir en mejor forma; se fortalecerá su núcleo familiar; cachorro disfruta de su escuela y eso es un gran avance; aprenderá inglés y lo hablará sin acento..." y muchas otras razones, muchas más; todas valederas, todas ciertas, pero los huesos no dejan de doler...

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